lunes, 17 de abril de 2017

Inés Echeverría

El sueño y la vigilia forman el eterno ritmo de la vida, su noche y su vida, su aspiración y su exhalación, su verano y su invierno, su muerte y su vida. Toda la creación parece regida por esta misma ley de actividad seguida de reposo. ¿Por qué no nos asusta este pavoroso misterio del sueño? La costumbre suprime la sorpresa que debiera causarnos esa muerte que sólo se diferencia de la otra en que no es definitiva. Si no fuera por la seguridad de despertar cada mañana, qué terror nos causaría esa inmovilidad, esa falta de conciencia, esa partida del alma a regiones inaccesibles, que en el fondo no es otra cosa el sueño. Quedamos viviendo como seres puramente materiales, nuestra alma nos abandona, parte o se repliega en un abismo que en todo caso es inaccesible a nuestra mis profunda conciencia humana.
Los seres dormidos debieran espantarnos como los muertos, porque carecen de lo único que amamos realmente en ellos: la transparencia o la irradiación del espiritu ...
Si los despertamos de improviso, su la vuelta a la conciencia terrena que han abandonado, tiene algo de trágico, de sorpresivo, de alarmante.
Nos miran espantados y no nos reconocen... parecen haber perdido la memoria humana

... Una alcoba en que reposa una persona, tiene algo de tumba sagrada, mil veces más que aquella que guarda un despojo. Aqui está la envoltura de un espiritu aun vinculado por sutil lazo impalpable y que retornará de un momento a otro. Está muy lejos, es verdad; pero lejos en el mundo en que está suprimido el tiempo y el espacio, de modo que los viajes son larguisimos y, sin embargo, breves.
(Inés Echeverría, El sueño - fragmento)


Inés Echeverría Bello (1868–1949) fue una escritora chilena, activa feminista. En 1922 se convirtió en la primera mujer académica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile.

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