miércoles, 26 de abril de 2017

Fritz Leiber

Mientras Dufresne seguía hablando, Paul (que no lo conocía personalmente aunque había oído hablar de él) empezó a tener la sensación de que, por veraces que pudieran ser las palabras pronunciadas, carecían no obstante de sentido, de utilidad: mera charla al margen de grandes acontecimientos que implacablemente seguían su propio camino. Las ventanillas que atisbaban parecían mirar de soslayo con cinismo o estar recubiertas de una película de frío aburrimiento reptil. El director de la escuela primaria estaba oyendo la historia penosamente sincera sin escucharla.
Aparentemente, esta sensación de Paul fue una intuición válida, porque, sin la menor señal de advertencia previa, la escena se desvaneció y fue reemplazada al instante por el pequeño interior brillantemente iluminado del platillo familiar, con el piso y el cielo raso verdes ahora. Tigerishka dijo desde el panel de control plateado y bordeado de flores:
—Es inútil. Nuestra defensa ha sido rechazada. Meteos en vuestra nave e id a vuestro planeta. ¡De prisa! Me separaré de vosotros tan pronto como estéis en la Baba Yaga. Gracias por vuestra ayuda. Adiós y buena suerte, Don Merriam. Adiós, Paul Hagbolt.
Se elevó un círculo del suelo verde. Sin pronunciar una sola palabra, Don entró en el boquete de cabeza y empezó a arrastrarse por el tubo.
Paul miró a Tigerishka.
—De prisa —repitió ella.
Miau se acercó tímidamente. Paul se agachó y, cuando la gatita miró a Tigerishka, la cogió con un súbito movimiento. Mientras avanzaba hacia el boquete, alisó el erizado pelaje gris. Su mano se hizo más lenta a mitad de la caricia y se volvió.
—No me marcho —dijo.
—Tienes que hacerlo, Paul —dijo Tigerishka—. La Tierra es tu hogar. De prisa.
—Renuncio a la Tierra y a mi raza —contestó él—. Quiero quedarme contigo. —Miau se retorció en sus manos tratando de escapar, pero él la sostuvo con mayor firmeza.
—Por favor, vete en seguida, Paul —dijo Tigerishka, mirándolo por fin y avanzando hacia él. Sus ojos estaban fijos en los de él—. Ya no puede haber relación ninguna entre nosotros.
—Pero yo me quedaré contigo, ¿lo oyes? —Su voz era tan alta y enfadada, que Miau quedó aterrada y le clavó las uñas para librarse. Él la sostuvo con firmeza y continuó: Como tu animalito doméstico, si así debe ser. Pero me quedo.
Tigerishka lo miró fijamente.
—Ni siquiera como mi animalito doméstico —dijo—. No hay separación suficiente entre nuestras mentes para eso... ¡Oh, vete, estúpido!
—Tigerishka —dijo él con voz ronca, mirándole los ojos violeta—, el noventa por ciento de lo que sentiste anoche era piedad y aburrimiento. ¿Qué era el diez por ciento restante?
Lo miró colérica, como si estuviera frenética de exasperación. De pronto, moviéndose con una velocidad vertiginosa, le arrancó a Miau de las manos y le golpeó con fuerza la cara. Las puntas de las tres uñas de color violeta pálido estaban teñidas de rojo brillante cuando retiró la pata de su cara.
— ¡Eso! —rugió, mostrando los colmillos.
Él retrocedió un paso, luego otro, y un instante después se metió en el tubo. La gravedad artificial por encima de él lo empujó hacia adentro en caída libre. Al mirar hacia arriba vio la máscara rugiente de Tigerishka. La sangre le manaba de la mejilla y caía en gotas rojas sobre el interior de plata acanalado del tubo. Luego la trampa verde se cerró.
(Fritz Leiber, El planeta errante)


Fritz Reuter Leiber Jr. (24 de diciembre de 1910 – 5 de septiembre de 1992) fue un novelista y cuentista estadounidense de los géneros de fantasía, terror y ciencia ficción. Recibió varios premios Hugo y Nébula.

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