martes, 7 de marzo de 2017

Mijail Bulgakhov



Filip Filipovich había tomado el auricular del teléfono y comenzaba a hablar:
—Por favor... Sí, se lo agradezco. Quisiera comunicarme con Piotr Alexandrovich, por favor. El profesor Preobrajenski... ¿Piotr Alexandrovich? Me alegro mucho de oírlo. Muy bien, muchas gracias... Piotr Alexandrovich, su operación queda anulada. ¿Qué? Pues... Anulada, suprimida... Bueno, como todas las otras operaciones, además. He aquí la razón: suspendo todas mis tareas en Moscú y en Rusia en general... Hace un momento, cuatro personas, entre las cuales hay una mujer vestida de hombre, vinieron a mi casa; dos de ellas tenían revólveres y trataron de aterrorizarme con el objeto de apoderarse de mi departamento.
—Permítame, profesor —exclamó Schwonder con el rostro demudado.
—Perdóneme... no puedo repetir todo lo que me dijeron. No me agradan las estupideces. Me basta con decirle que me propusieron renunciar a mi sala de curaciones. En otros términos, que me obligan a operarle a usted en el lugar donde hasta ahora disecaba mis conejos. No sólo no puedo hacerlo, sino que tampoco tengo derecho a trabajar en semejantes condiciones. Por tal razón pongo término a mis actividades y me marcho a Sotchi. Puedo dejarle las llaves a Schwonder. Que él lo opere.
Los cuatro se quedaron paralizados de asombro. La nieve se les derretía sobre los calzados.
—¿Qué se puede hacer?... Pues, me siento yo mismo muy fastidiado... ¿Cómo?... ¡Oh, no, Piotr Alexandrovich! ¡No! Esto no puede durar, llegué al colmo de mi paciencia... Y es la segunda vez desde agosto... ¿Cómo? Hmmm... Como quiera. Aunque con una sola condición: por quien usted quiera, cuando quiera y lo que quiera, pero que sea un papel que prohiba a Schwonder o a cualquier otro acercarse a la puerta de mi departamento. Un papel definitivo. Efectivo. ¡Verdadero! Una coraza... Que ni siquiera se mencione más mi nombre... Por supuesto. Para ellos, estoy muerto... Sí, sí, se lo ruego... ¿Quién? Ah, ah... ¡Es diferente!... Ah, ah ... Bien, aquí se lo paso.
Filip Filipovich se volvió con perfidia hacia Schwonder:
—Por favor: le van a hablar.
—Permítame, profesor —dijo Schwonder furioso y desconcertado a la vez—, usted cambió el sentido de nuestras palabras.
—Le ruego no emplear tales expresiones.
Con aire extraviado, Schwonder tomó el teléfono:
—Escucho... Sí... El presidente del comité del edificio... No señor, hemos actuado de acuerdo con las disposiciones... Por cierto, el profesor tiene una posición totalmente excepcional... Estamos al corriente de todos sus trabajos... Le dejamos cinco habitaciones... Muy bien, ya que es así... Bien...
Colgó el receptor; tenía el rostro congestionado.
(Mijail Bulgakov, Corazón de perro)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Quién tenga algo que decir, dígalo.