viernes, 31 de marzo de 2017

Nikolai Gogol

ALCALDE: —Escúcheme, pues. Haga lo siguiente: al sargento Púgovitzin, que es tan alto, ubíquelo en el puente; así causará buena impresión. Haga adecentar, a toda prisa esa vieja tapia que está junto al zaguán del remendón y que le pongan unas vigas para que parezca en reparaciones. ¡Cuantas más obras públicas haya, más se nota la actividad del alcalde! ¡Ay, Dios santo! Ahora recuerdo que junto a esa tapia hay una montaña de desperdicios, como para llenar cuarenta carretas. ¡Qué pueblo éste! ¡Basta con levantar un monumento o una simple tapia para que le acumulen al lado toneladas de basura! (Suspira.) Y si el funcionario que acaba de llegar les pregunta a nuestros empleados públicos si están contentos, todos deberán responder: "Muy contentos, Excelencia". Y el que no lo esté, ya verá lo que le pasa. ¡Oh, oh, pecador de mí, pecador de mí! (En lugar del sombrero, toma una caja de cartón.) ¡Haz que esto pase pronto. Dios mío, y te pondré un cirio como no se ha visto nunca! ¡A cada uno de esos estúpidos mercaderes lo obligaré a mandarme diez kilos de cera! ¡Oh Dios mío. Dios mío! ¡En marcha, Petr Ivánovich! (En lugar del sombrero, quiere encasquetarse en la cabeza la caja de cartón.)
JEFE DE POLICÍA: —Antón Antónovich, eso es una caja, no un sombrero. 
ALCALDE (Mirando la caja.): —¿Una caja? ¡Al diablo con ella! Y si preguntan por qué no hemos reedificado la capilla del hospital, para la cual se destino una suma de dinero hace años, que no se olviden de decir que empezamos a construirla, pero que se quemó. Sobre ese asunto, ya presenté un informe. ¡No lo Olvide! De lo contrario, algún imbécil podría decir irreflexivamente que las obras ni siquiera se iniciaron.
(Nicolai Gogol, El Inspector General)


Nikolai Vasilievich Gogol (31 de marzo de 1809 – 4 de marzo de 1852) fue un escritor, dramaturgo y poeta ruso de origen ucaniano . Es una de las figuras importantes de la literatura rusa.

lunes, 20 de marzo de 2017

Zilahy Lajos

El señor Sinka, por la mañana, salió de casa para ir al despacho. En la mano llevaba un paquete, envuelto en una especie de paño pardo. Llamó a la puerta de la Kádar. La vecinita abrió la puerta, cambiaron signos, y Sinka le entregó el paquete, sonrieron y él se despidió. Por la noche (suele volver hacia las siete) llamó otra vez a la puerta de la Kádar, y ella le dio el paquete. Le digo, señorita, que estaba envuelto en una especie de paño pardo. Así sucedió durante unos cinco días; lo veníamos observando cada día desde la ventana de nuestra cocina. ¡Y siempre el mismo paquete! Nos moríamos de curiosidad por saber qué podía haber en aquel paquete. La cocinera pensaba al principio que debía ser ropa que Sinka daba a la lavandera para lavar. Pero cada día no podía darle ropa, ¿no es verdad? Además, el paquete parecía pequeño, y más bien pesado. ¿Sería algo para comer? Tampoco podía ser porque para eso era demasiado grande. Bueno, ¿qué será?
Nos rompíamos la cabeza, nos la partíamos materialmente, como se dice.
Una mañana me dice la cocinera: «Oye, ve y pregúntale a la Kádar qué hay en el paquete». Yo fui, pues ya no me dejaba tranquila la curiosidad. La Kádar me recibió en el vaho cálido de su cocina; estaba lavando ropa; trabaja todo el día.
«Dígame, tía Kádar, ¿qué contiene el paquete que el señor Sinka le entrega todas las mañanas?». «Un ladrillo, hija», me contestó. «¿Un ladrillo?». «Sí, hija, sí; por la mañana, se lo pongo en el horno, allí se está calentando hasta la noche, pues tengo encendido el fuego
durante el día. A mí no me cuesta nada, y a él, el ladrillo le calienta la cama, pobrecito. Ya ve usted, señorita, qué práctica que se pone la gente en esta gran escasez de combustibles…».
(Lajos Zilahy, Dos prisioneros)


Lajos Zilahy (27 de marzo de 1891 − 1° de diciembre de 1974) fue un novelista y dramaturgo húngaro.

martes, 14 de marzo de 2017

Ray Bradbury



La gente se agrupaba en las galerías de piedra o se movía entre las sombras, por las colinas azules. Las lejanas estrellas y las mellizas y luminosas lunas de Marte derramaban una pálida luz de atardecer. Más allá del anfiteatro de mármol, en la oscuridad y la lejanía, se levantaban las aldeas y las quintas. El agua plateada yacía inmóvil en los charcos, y los canales relucían de horizonte a horizonte. Era una noche de verano en el templado y apacible planeta Marte. Las embarcaciones, delicadas como flores de bronce, se entrecruzaban en los canales de vino verde, y en las largas, interminables viviendas que se curvaban como serpientes tranquilas entre las lomas, murmuraban perezosamente los amantes, tendidos en los frescos lechos de la noche. Algunos niños corrían aún por las avenidas, a la luz de las antorchas, y con las arañas de oro que llevaban en la mano lanzaban al aire finos hilos de seda. Aquí Y allá, en las mesas donde burbujeaba la lava de plata, se preparaba alguna cena tardía. En un centenar de pueblos del hemisferio oscuro del planeta, los marcianos, seres morenos, de ojos rasgados y amarillos, se congregaban indolentemente en los anfiteatros. Desde los escenarios una música serena se elevaba en el aire tranquilo, como el aroma de una flor.
En uno de los escenarios cantó una mujer.
(Ray Bradbury, Crónicas marcianas)

El 14 de marzo de 1835 nació Giovanni Schiaparelli, astrónomo italiano. Es famoso por sus observaciones del planeta Marte y lo que él llamó "canales".

martes, 7 de marzo de 2017

Mijail Bulgakhov



Filip Filipovich había tomado el auricular del teléfono y comenzaba a hablar:
—Por favor... Sí, se lo agradezco. Quisiera comunicarme con Piotr Alexandrovich, por favor. El profesor Preobrajenski... ¿Piotr Alexandrovich? Me alegro mucho de oírlo. Muy bien, muchas gracias... Piotr Alexandrovich, su operación queda anulada. ¿Qué? Pues... Anulada, suprimida... Bueno, como todas las otras operaciones, además. He aquí la razón: suspendo todas mis tareas en Moscú y en Rusia en general... Hace un momento, cuatro personas, entre las cuales hay una mujer vestida de hombre, vinieron a mi casa; dos de ellas tenían revólveres y trataron de aterrorizarme con el objeto de apoderarse de mi departamento.
—Permítame, profesor —exclamó Schwonder con el rostro demudado.
—Perdóneme... no puedo repetir todo lo que me dijeron. No me agradan las estupideces. Me basta con decirle que me propusieron renunciar a mi sala de curaciones. En otros términos, que me obligan a operarle a usted en el lugar donde hasta ahora disecaba mis conejos. No sólo no puedo hacerlo, sino que tampoco tengo derecho a trabajar en semejantes condiciones. Por tal razón pongo término a mis actividades y me marcho a Sotchi. Puedo dejarle las llaves a Schwonder. Que él lo opere.
Los cuatro se quedaron paralizados de asombro. La nieve se les derretía sobre los calzados.
—¿Qué se puede hacer?... Pues, me siento yo mismo muy fastidiado... ¿Cómo?... ¡Oh, no, Piotr Alexandrovich! ¡No! Esto no puede durar, llegué al colmo de mi paciencia... Y es la segunda vez desde agosto... ¿Cómo? Hmmm... Como quiera. Aunque con una sola condición: por quien usted quiera, cuando quiera y lo que quiera, pero que sea un papel que prohiba a Schwonder o a cualquier otro acercarse a la puerta de mi departamento. Un papel definitivo. Efectivo. ¡Verdadero! Una coraza... Que ni siquiera se mencione más mi nombre... Por supuesto. Para ellos, estoy muerto... Sí, sí, se lo ruego... ¿Quién? Ah, ah... ¡Es diferente!... Ah, ah ... Bien, aquí se lo paso.
Filip Filipovich se volvió con perfidia hacia Schwonder:
—Por favor: le van a hablar.
—Permítame, profesor —dijo Schwonder furioso y desconcertado a la vez—, usted cambió el sentido de nuestras palabras.
—Le ruego no emplear tales expresiones.
Con aire extraviado, Schwonder tomó el teléfono:
—Escucho... Sí... El presidente del comité del edificio... No señor, hemos actuado de acuerdo con las disposiciones... Por cierto, el profesor tiene una posición totalmente excepcional... Estamos al corriente de todos sus trabajos... Le dejamos cinco habitaciones... Muy bien, ya que es así... Bien...
Colgó el receptor; tenía el rostro congestionado.
(Mijail Bulgakov, Corazón de perro)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Wilkie Collins

Durante un año llevé una vida alegre y divertida entre la sociedad más despreocupada de Londres. Tras ese período varios tenderos y comerciantes me enviaron sus cuentas sin que yo se las hubiera solicitado. Me encontré en la inconveniente situación de no tener con qué pagarles, y así se los hice saber a todo ellos con esa franqueza que es una de mis escasas buenas cualidades. Recibieron mis propuestas de negociación con una descortesía rayana en la crueldad, y me trataron con una desconfianza y falta de consideración que tal vez podré perdonar, pero no olvidar.
Cierto día, un desconocido, muy poco aseado por cierto, me tocó en el hombro y me mostró un pedacito de papel bastante mugriento, que al principio pensé que era su tarjeta; pero antes de que pudiese decirle una palabra, dos personas extrañas, más desaliñadas todavía, si cabe, me obligaron a entrar en un carruaje de alquiler. Y antes también de que pudiera explicarles que ese modo de proceder era una vulneración de las libertades de un súbdito inglés, me encontré entre las cuatro paredes de una cárcel.

(Wilkie Collins, Vida de un bribón)