jueves, 9 de febrero de 2017

Fyodor Dostoyevsky


Anthony Mwangi, Águila de la Estepa

Tuvimos también, por poco tiem­po, un águila de las estepas, de una especie muy pequeña.
La llevó un forzado, herida y me­dio muerta, y todos los demás le rodearon para contemplar la pobre ave de rapiña, que no podía volar porque tenía rota una pata y el ala derecha. Miraba con expresión fe­roz y el adunco pico abierto a la curiosa multitud, dispuesta a ven­der cara su vida.
Cuando nos separamos, después de haberla contemplado largo rato, el águila fue a refugiarse en un rin­cón, saltando sobre la pata sana y arrastrando su ala herida.
Durante los tres meses que per­maneció en nuestro patio, no salió jamás de debajo del poyo donde se había refugiado. Al principio, los forzados iban a verla con frecuen­cia y azuzaban a Schárik contra la pobre ave; mas el perro limitábase a ladrar furiosamente, sin atrever­se a ponerse al alcance del pico de su enemiga, lo cual divertía sobre­manera a los detenidos.
-¡Qué bicho tan arisco! -de­cían algunos-. ¡No se deja acari­ciar!
Pero Schárik acabó por perder el miedo y atormentaba constantemen­te a la desdichada ave. Cuando le azuzaban, mordíale furioso en el ala quebrada, y el águila defendíase con las garras y el pico y volvía a acurrucarse en su escondrijo con aire altivo y salvaje, cual rey heri­do, mirando fijamente a los curio­sos que la rodeaban.
Afortunadamente para ella, los penados se cansaron pronto y la dejaron olvidada bajo el poyo.
Sin embargo, alguien le llevaba cada día trozos de carne y le cam­biaba el agua del bebedero.
Los primeros días el águila no quería comer; pero al fin devoraba lo que le ofrecían, aunque nunca lo tomó de las manos de quien la cui­daba ni comió ante testigos.
Yo pude observarla varias veces desde lejos. Cuando no veía a nadie y se creía sola, se arriesgaba a salir de su nido, andaba unos cuantos pa­sos a saltitos sobre su patita sana a lo largo de la empalizada y volvía a encerrarse, precisamente como si le hubieran recomendado un paseo higiénico.
En vano traté de acariciarla; no había medio de domesticarla. En cuanto se le tocaba, aleteaba furio­samente e intentaba clavarme su pico en la mano.
Solitaria y rencorosa, esperaba la muerte, desafiando a todos con la mirada. Finalmente los penados se acordaron de ella, tras dos meses de olvido, demostrándole un cariño inesperado.
Decidieron echarla fuera.         ,
-¡Que reviente -decían-; pe­ro a lo menos que muera en liber­tad!
-En efecto, un pájaro libre e in­dependiente como ella no se habi­tuaría jamás a la vida del presidio             -añadía otro.
-No se parece a nosotros -re­plicaba un tercero.
-¡Qué descubrimiento! ¡El águi­la es un pájaro y nosotros somos hombres!
-El águila, compañeros, es la reina de las montañas… -comen­zó a decir Skurátov, pero nadie 1e hizo caso.
Una tarde, cuando redobló el tambor para reanudar los trabajos, cogieron al águila, atáronle el pico por si intentaba defenderse y la lle­varon fuera del penal, a la expla­nada. Los doce forzados que com­ponían la cuadrilla estaban deseo­sos de ver lo que haría el ave y adónde se dirigiría.
¡Cosa curiosa! Estaban tan con­tentos como si fueran ellos mismos los que recobrasen su libertad.
La echaron a la estepa, por en­cima de la muralla.
Era un día frío y agrisado de úl­timos de otoño.
  El viento silbaba en la llanura desnuda y gemía entre la hierba amarillenta y seca.
Escapó el águila en línea recta, arrastrando su ala quebrada, como si tuviera prisa por ocultarse a nues­tras miradas.
-¿La veis? -dijo un forzado con apesadumbrado acento.
-¡Ni una vez siquiera ha mira­do hacia atrás! -observó otro.
-¿Creías que iba a volver para darnos las gracias?
-Es ya libre y goza con su li­bertad.
-¡Ay, sí! ¡La libertad!
-No la volveremos a ver, com­pañeros.
-¿Qué hacéis ahí? ¡En marcha! -gritaron los soldados de la escol­ta y todos echaron a andar lenta­mente…
 (Fyodor Dostoyevsky, Memorias de la Casa Muerta)

 Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky (11 de noviembre de 1821 – 9 de febrero de 1881) fue un novelista, ensayista, periodista y filósofo ruso. Sus libros han sido traducidos a más de 170 idiomas.