domingo, 15 de enero de 2017

Un recluta de 1813

—La gloria no es para nosotros, Zebedeo; es para los que viven bien, comen bien, duermen bien. Esos bailan y se divierten, como cuentan los papeles, y, por añadidura, se quedan con la gloria que nosotros ganamos a fuerza de sudores, de ayunos y de rompernos los huesos. Los infelices como nosotros, que van por fuerza a la guerra, si al fin vuelven a su casa, perdido el hábito de trabajar y acaso algún miembro, no saborean la gloria. Durante los siete años de servicio, muchos de sus antiguos camaradas, que valían lo mismo que ellos, y que incluso no trabajaban tan bien, han ganado dinero, han abierto una tienda, se han casado con las novias de los soldados, han tenido hijos, son hombres de posición, concejales, personas importantes, y cuando los que vuelven de buscar gloria matando hombres pasan con sus galones en la manga, los miran por encima del hombro; y si, por desgracia, tienen colorada la nariz a fuerza de beber aguardiente para sostener el ánimo en las lluvias, en la nieve, en las marchas forzadas, mientras los otros bebían buen vino, dicen: «¡Son unos borrachos!» Y aquellos reclutas que no deseaban más que permanecer en sus casas, y trabajar, se convierten en unos mendigos. Eso es lo que pienso, Zebedeo; no encuentro que eso sea justo, y preferiría que los amigos de la gloria fuesen a batirse en persona y nos dejasen tranquilos a los demás.
(Erckmann-Chatrian, Un recluta de 1813)

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