sábado, 14 de enero de 2017

Capitán Blood

Ilustración de Vera Carbin
La Srta. Arabella frenó a su caballo, aparentando parar para admirar el panorama, que era lo bastante hermoso como para justificarlo. Pero, por el rabillo de sus ojos de almendra observó al sujeto muy atentamente mientras se acercaba. Corrigió la primera impresión de su vestimenta. Era realmente sobria, pero difícilmente para un caballero. El saco y los pantalones eran de tela rústica, y si le quedaban bien era más por virtud de su natural prestancia que por la hechura. Sus medias era de algodón, simples y ásperas, y el ancho sombrero, que respetuosamente se quitó al acercarse a ella, era viejo y no tenía ningún adorno de pluma o cinta. Lo que había parecido una peluca a distancia se revelaba ahora como el propio cabello oscuro y lustroso del hombre.
De un rostro marrón, afeitado y melancólico, dos ojos sorprendentemente azules la miraban con gravedad. El hombre habría pasado de largo, pero ella lo detuvo.
"Creo que os conozco, señor," dijo.
Su voz era frágil y aniñada, y había algo de varoncito en sus maneras - si se puede aplicar ese término a una dama tan delicada. Tal vez surgía de una soltura, una franqueza, que desdeñaba los artilugios de su sexo, y la ponía en buenos términos con el mundo. A esto tal vez se debía que la Srta. Arabella había llegado a la edad de veinticinco años no sólo
Ilustración de Vera Carbin
soltera, sino sin pretendientes. Utilizaba con los hombres una franqueza de hermana que contenía una cualidad de distancia, haciendo difícil para un hombre convertirse en su enamorado.
Sus negros habían frenado a una distancia y se habían sentado en el corto césped hasta que ella quisiera seguir adelante.
El extraño se detuvo al ser abordado.
"Una dama debería conocer su propiedad," dijo.

 "¿Mis propiedad?"
"La de su tío, al menos. Dejad que me presente. Me llamo Peter Blood, y valgo exactamente diez libras. Lo sé porque es la suma que vuestro tío pagó por mí. No todos los hombres tienen la oportunidad de conocer su propio valor."
Lo reconoció entonces. No lo había visto desde aquel día en el muelle hacía un mes, y que no lo hubiera conocido inmediatamente a pesar del interés que entonces había despertado en ella, no es sorprendente, considerando el cambio que había ocurrido en su apariencia, que no era la de un esclavo.

(Rafael Sabatini, El capitán Blood)

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